SuperMegaTech (capítulo 3)
Padre está exultante. El experimento se ha completado y la máquina ya es capaz de replicar las habilidades cerebrales de sus hijos.
Ha llegado el Gran Día. Ralph ha abierto la puerta, pero padre lo ha apartado de un empujón y se ha dirigido a nosotros parloteando como un político, con el pecho henchido y el dedo índice apuntando al techo que conduce al cielo que conduce al universo. Creo que Olimpia ha pensado algo parecido a lo que se me pasaba por la cabeza mientras padre gesticulaba: ¿Por qué el hombre, un mono tan listo, se empeña en parecer tan ridículo? El caso es que el trasvase se ha completado. La máquina, proclama padre, ya es una extensión de nuestro propio ser.
No sé muy bien en qué se traduce este hito. Esperaba recibir un helado, o un refresco bajo en calorías, o tal vez, al tratarse de un acontecimiento tan relevante para la humanidad, padre me habría mostrado las llaves de un quad. En lugar de eso, nos ha pedido que nos levantemos e incluso se ha atrevido a recolocarle un mechón de pelo a Olimpia y a darme un pellizco en la mejilla. Venid conmigo, ha ordenado, y le hemos seguido hasta la sala computacional, una enorme habitación-invernadero con miles de ordenadores agrupados en círculos concéntricos, como un ejército zumbón, y una matriz de color rojo en mitad de la habitación. Ya estuvimos una vez aquí y padre nos explicó que esa enorme cosa rojiza era una especie de cerebro central, mientras que los ordenadores funcionaban como apoyo, como sus órganos más o menos vitales.
Así que ahora nos aproximamos unos pasos por detrás de padre a la matriz roja y padre alza al techo tras el cual se oculta el cielo tras el cual se expande el universo su brazo de líder para pedir que la sala quede a oscuras, de modo que sólo la matriz emite un brillo volcánico que por unos instantes me hace parpadear. ¡Silencio!, exige nuestro timonel, aunque en la sala sólo estamos Olimpia y yo, y muy rezagado, al fondo, casi apoyado en la puerta, el bueno de Ralph, y todos contenemos el aliento y nadie pronuncia una sola palabra.


